sábado, 18 de diciembre de 2010

LA PELÍCULA "CARMEN" DE VICENTE ARANDA.

Cartel de la película Carmen de Vicente Aranda

Yo esto no quería contarlo nunca, por lo menos públicamente, por lo que tiene de fracaso "profesional cinematográfico" para mí, pero creo que ya ha pasado el tiempo suficiente, más de cinco años, y pueden haber prescrito mis defectos. Caballerizas Reales fue el centro de operaciones principal de la filmación de la película Carmen de Vicente Aranda. Por razón de estar realizando una Comisión de Servicios, trabajaba allí, y estuvimos mezclados -es un decir-, con el personal directivo y técnico durante el tiempo que duró el rodaje, que fue bastante, compartiendo lugar de trabajo. Principalmente teníamos una relación estrecha con producción y dirección artística, luego se incorporó vestuario y toda esa serie de profesionales de decoración y logística. Evidentemente también nos relacionamos con los actores pero menos.

Vicente Aranda en un descanso del rodaje.

De una forma u otra participamos con el rodaje. Yo tuve la suerte de estar muchas veces con el equipo de dirección, e incluso insinuar lugares exteriores que fueron aceptados, evitando tener que efectuar desplazamientos del equipo de rodaje. Concretamente entre los dos puentes en la orilla izquierda del Guadalquivir. Otros elementos como la fábrica de tabacos (cuadra principal), la sala de juicios, los dormitorios de tropa (nave superior que también fue dormitorio del escuadrón de Sementales, anteriores inquilinos de Caballerizas), el patio de armas, una calle, (en la sala de arneses), el calabozo de José (en el picadero) etc. Todo ello se realizó dentro del edificio de Caballerizas Reales.

El Secretario del Juzgado en su mesa.

Es increíble cómo funciona la logística de un rodaje, en la mayoría de ocasiones es un reloj. La relación con el equipo de dirección, el comer con ellos y el estar en muchas de sus reuniones, e incluso el tener acceso al guión, y aprenderme la sentencia que tenía que leer un actor profesional -creo que era Simon Shepherd-, me hizo osar proponerle a Vicente Aranda, que me diese la oportunidad de iniciar “mi carrera cinematográfica” con ese papel de magistrado. Me dijo que no, que iba a ser uno de los Generales del Tribunal, porque el Magistrado estaba ya contratado, todo ello a pesar de recitarle toda la sentencia, y considerar él que me la sabía bien. Me quedé en General, pero al no existir vestuario adecuado para mí, o por otras razones que no vienen al caso -creo que no le caía bien  al encargado del mismo-, me “degradó” y me quedé en un simple sargento secretario del Juzgado.

De charla con el Director.

Mis hijos también fueron extras en la tropa, que formó en la plaza de armas, tropa, como es lógico, sin conocimientos militares mínimos de orden cerrado, por la razón de que la mayoría no habían hecho la “mili”, lo que suponía un verdadero desastre en la formación, en la que se procedió a la degradación de José (Leonardo Sbaraglia). Había que ver lo que sufrió con los movimientos militares Richard Walker, Ayudante de Dirección, que se encargó directamente de estas escenas.

Discutiendo una escena con D. Vicente.

Fue muy interesante el trabajo de Benjamín Fernández, director artístico, con un Goya en su haber, habiendo participado en, Los Otros, Gladiator y otras superproducciones. Cualquier escena por insignificante que fuese estaba dibujada en papel, e incluso construida una maqueta para conocer el ángulo de la  luz y planos necesarios. Otro importante trabajo era el de Paco Femenía, Director de fotografía, con un currículo fuera de lo normal en la cinematografía nacional y extranjera -creo que también premio Goya-, cuyas órdenes eran seguidas al pie de la letra. Un ejemplo: a su indicación, sobre la luz del picadero, obligó a tapar los enormes ventanales porque no era la adecuada según su criterio para las escenas que allí se rodaron. 

Con Ginés García Millán.

Como metomentodo que soy me permitía comentar a Vicente Aranda, algunas cuestiones que amablemente me razonaba, me explicaba, o mejor me sacaba del error, todas sin embargo las escuchaba. Creo que su tolerancia era superior a lo normal. Claro que entre col y col una lechuga, con mí repertorio de chistes amenizaba las situaciones de rigor, en las reuniones, salvando cuando el “silencio se rueda” decretaba que no se oyera una mosca. Se daba la circunstancia que me preguntaba muchas veces sobre uno u otro chiste contado, para que se lo repitiera, ya que le había hecho bastante gracia, para posiblemente aprendérselo bien: 

–Paco -decía-¿Cómo es el chiste ese del otro día, de James Bond con el Alcalde de Fernán Núñez que  se llamaba Am Brosio? Cuéntamelo otra vez.

Un General del Tribunal, Prosper Mérimeé y el Secretario del Juzgado

Le volví a proponer al Director que me podía aprovechar para otras escenas, en función de haber releído el guión, incluso con las anotaciones profesionales al margen, y saberme muchas de ellas –era echarle mucha cara ciertamente por mí parte-, vamos todo en el ánimo de entrar de lleno en la cinematografía. Inclusive me preguntaba algunas cosas y a mi respuesta me decía: 

-Paco te lo sabes bastante bien, pero quédate mejor de General que no habla. 

Tres generales y un Sargento

Al final como he dicho, por motivo de mi degradación fui Secretario del juzgado.  Incluso en una fotografía le estoy hablando de un tema y la titulé, en plan guasa, "discutiendo una escena con el Sr. Director". Y así llegó el día del rodaje de la escena del juicio. Maquillaje primero, vestuario, y espera, muchas horas de espera para el momento estelar. Bueno no era para mí el primero, ya había salido de niño en el Cristo de los Faroles, de Antonio Molina, y de maldito en D. Juan Tenorio en el teatro. Yo emitía uno de los gritos de los malditos que se oían en la Hostería del Laurel: 

-¡Cuán gritan esos malditos, pero mal rayo me parta si en concluyendo esta carta, no pagan caros sus gritos! 

Tres Generales, tres cigarreras y un Sargento

Pues yo era uno de esos malditos, que no salió ni al escenario, ya que el jaleo fue entre bambalinas. Paco Femenía, director de fotografía me dice, sabedor que era el Secretario del Juzgado: 

-Paco, que no me vayas a mirar a la cámara, tu a lo tuyo, a tu papel. 

Un malencarado Sargento.

Todo ello a sabiendas de que podía joderle la escena. Después de varias tomas -quiero aclarar que no por mi culpa, pues me porte estupendamente-, una vez el corten definitivo fue dado, me dirigí a él y seriamente le dije:

-Paco, esta escena ha sido el comienzo y final de mi carrera cinematográfica, primero por la degradación de General a Sargento, y luego porque mi estreno como actor no ha pasado de los dos segundos, quizás menos. Ha sido el papel más corto de Carmen y creo que de toda la cinematografía española y parte del extranjero.

Se partía de risa.

–Luego comiendo hablamos –me dijo-, pero han sido más de dos segundos. 

El descanso de la cigarrera

Ana Vila de producción siempre se reía, y Vicente me miraba como diciendo, valiente follonero estás hecho. O la risa y palmada de Benjamín el Director Artístico cuando le dije:

-¡Has visto Benjamín como han acabado con mi carrera cinematográfica, en un momento!

Dos soldados

Lo cierto es que la experiencia mereció la pena, y más que la frustración cinematográfica, que no deja de ser un chiste, la de estar relacionado con esa serie de profesionales, y sentirte formar parte del equipo, evidentemente no de actores, no hace falta recalcarlo. No se vieron malos modos en ningún momento, y me llamó la atención la autoridad de cada uno de ellos en su parcela. El Director coordinaba el toque final, aunque claro está controlaba todos los pasos previos, en este caso era también coautor del guión. Bueno si, vi cabreado una vez a Vicente, cuando nos dijo que en la copia para Italia querían hacer una serie de modificaciones, que para él eran importantes. Lo que no especifico yo, son las razones que tenían los italianos.

Richard Walker y las cigarreras en la Fábrica de Tabacos

El trabajo de presencia en exteriores, búsqueda y recomendación, al ver que había sido efectiva y estimo que rentable no tener que salir el equipo fuera, fue para mí satisfactorio. Y sobre todo las sobremesas que era donde se cocía el meollo de todas las cuestiones, una especia de consejos de dirección. Jay Benedict (Prósper Merimeé) simpático pero hablaba poco español. La simpatía y campechanía de Antonio Dechent (el Tuerto) o Ginés García Millán, la belleza de Paula Echevarría, o la de Paz Vega –a la que veíamos lo justo-, pero ambas espectaculares, aunque no se quedaban atrás muchas chicas extras trabajadoras de la fábrica de tabacos.

Leonardo Sabraglia y una extra.

Luego estaba Leonardo Sbaraglia el galán, una persona sencilla que lo demostró con creces él y su joven esposa en el coctel de presentación. Sin olvidar a Juan Alexander de producción, sin cuya invitación personal no hubiéramos podido estar en la fila de butacas de los actores en el estreno del Gran Teatro. 

–Nos vemos en el estreno Paco. -Me dijo un día.

-No estoy invitado. 

-¡Quién dice eso! –y dirigiéndose al secretario le dice- ¡Dos pases para la fila de actores para Paco y su mujer!. 


Benjamín Fernández y el aspirante a actor, 
detrás la serie de bocetos de la Dirección Artística


Para asistir a la “premiere” lo que estaba previsto era llegar a la puerta, preguntar por un compañero y si podía te entraba, primero si podía salir, y si no te volvías por el mismo camino de la alfombra a tu casa, y claro el productor Juan Alexander lo valoró a su manera. Eso nos permitió pisar la alfombra roja a Conchi y a mí con todos los “honores”, además de compartir fila con los actores, principalmente con Antonio Dechent. Desde entonces siempre que le vemos una película suya me dice Conchi: 

–Paco, tu amigo Antonio. 

Paco Femenía

El anecdotario es muy amplio para reflejarlo en una modesta entrada como es ésta. Lo aprendido de ese mundo muy interesante. La relación con esos personajes como: Vicente Aranda (Director y coguionista), Richard Walker (Ayudante de dirección), Juan Alexander (Producción), Ana Vila (Directora de producción), Marisa Muñoz (Jefe de Producción) una compañera más a la que tratábamos a diario; Paco Femenía (Director de Fotografía) un gran profesional de la fotografía; Benjamín Fernández (Director artístico) y extraordinaria persona, con el que compartíamos muchos momentos al día, que nos habló de sus otras producciones y de personajes tan especiales como Amenábar que es su amigo. Inma una compañera, la persona que conozco que sabe más de cine disfrutó con Benjamín porque siempre estaba dispuesto a contestar a todas las preguntas que le hacía;

Sala de Juicios y dormitorio de tropa.

Miguel Sese (Maquillaje), Natalia Sese (Peluquería), Yvonne Blake (Vestuario) salvo el encargado que fue el que me degradó; Reyes Abades (Efectos especiales) un artista, y muchos que se me olvidan seguro y a los que pido disculpas. Los carpinteros electricistas, atrezo, etc. unos artistas que te hacían de cartón piedra cualquier cosa, hasta la verdina del pretil del puente romano, cuando quitaron las farolas y taparon los registros; el calabozo; la cueva; la cruz del camino. Eso sí, los dulces de la pastelería eran reales –y bastante buenos, lo que hizo que desapareciera la tienda muy pronto- y los puros -malos pero reales también-, aunque no lo notaba un amigo al que se los regalábamos y se los fumaba.

El calabozo.

En líneas generales, una grata experiencia y un frustrante comienzo y fin de lo que pudo ser una brillante carrera cinematográfica que, fue una de las más cortas de la cinematografía española, no llegó a dos  segundos.
Preparando el puente romano.

Esther, Conchi, Inma, yo, una amiga, Antonio Leonardo Sbaraglia y su esposa.

Fotografías de autor y otras que no, las menos.

jueves, 16 de diciembre de 2010

OTRO REPASO A LA JUDERÍA.

A la derecha el desaparecido Colegio San Eulogio, 
la antigua zapatería y taberna La Mezquita, al frente lo que hoy es el hotel.

El domingo pasado tocó paseo por la Mezquita con Conchi, la abuela de Claudia y Alejandro, título superior al de esposa y madre. Después de haber cruzado el Puente Romano, y habernos asombrado con los residuos de la riada, en forma de fango en las cercanías del Molino de San Antonio. Pasado la Puerta del Puente, y subido Torrijos, esquivado a las pesadas del romero, entrado al Patio de los Naranjos, dónde un amable señor –confundiéndonos con turistas- nos explicaba que no se podía acceder a la Mezquita pues era horario litúrgico, cuestión que me hizo ganarme un tirón del brazo para que no despotricara del Cabildo, mientras los japoneses, chinos o coreanos, esperaban pacientes que llegara la hora del levantamiento de la veda turística.

Subidas las escaleras de la Puerta del Perdón, mirada a la cruz de la izquierda, a la que había que llegar en su cruce de brazos con la boca para encontrar el amor, y a la que no llegaba seguro ni Pau Gassol, mirada también a un rincón a la derecha que siempre miro, y nada más que salir a la calle, me encontré a mi buen amigo Pepe “el Largo”, como cariñosamente se le conoce. Excelente técnico del frío y otros artilugios de lo que se vienen a llamar marca blanca, incluida la electricidad de la que también es experto. Le llamé la atención delante de la Puerta del Perdón, y como siempre que coincido allí con alguien hago, le indiqué dónde nací. Esto es una orgullosa necesidad personal, seguramente para presumir de lugar de nacimiento. Nos saludamos, y le comento lo anterior y me dice:

-Pero si yo he estado en el Colegio San Eulogio, que estaba ahí. –señalándome la puerta de la casa de Torres Molina el canónigo.

Inmediatamente le rectifico, y le señalo la verdadera del Colegio, que es la de más abajo, que formaba el trío de casas de la familia Moyano, la del colegio de D. Antonio el maestro, la de Manolo, de la zapatería, y la taberna de Rafalito. Encarnación Criado, su madre, dejó a cada uno de sus hijos una casa, en la c/ dedicada al Cardenal Herrero, frente a la Puerta del Perdón. Manolo Moyano, hijo, afortunadamente aún está entre nosotros con una lucidez mental fuera de lo común, pues ya pasa de los noventa, y con ese humor que era característico en los Moyano, y del que participaba poco D. Antonio -quizá por su ilustración-, cuando le pregunto a Manolo por la salud me dice que bien, pero que una "cosa" no le funciona adecuadamente, bueno por lo menos como el quisiera, a lo que le respondo que eso no le funciona a mucha gente, aunque en las tabernas se presuma de records. Su tío Manuel Criado, hermano de Encarnación, fue el primer propietario de la taberna (1888) que luego continuó Rafalito Moyano. Cuentan que unos malagueños le dijeron en cierta ocasión:

-Señor, ha tenido usted mucha suerte de que le pongan la Mezquita frente a la taberna.

Él haciendo gala de su sentido del humor, le contestó:

-Si, por enchufe de mí cuñado Abderramán

Y qué decir de los elogios de D. Eugenio Noel, al que hasta le pusieron su nombre a un vino.

Un pleno eclesial en Cardenal Herrero, las casas comentadas al fondo.

Prolongando la conversación, le señalé a Pepe la puerta falsa del colegio, que casi nunca se abría y que daba al patio del recreo, que estaba por la Casa del Callejón, cuestión en la que coincidimos, y me recordó el nombre de una maestra suya, a la que yo no recordaba. Lo cierto es que yo estuve poco tiempo en ese colegio, de los cinco a seis años. Y lo que más recuerdo era pinchar unas flores de papel de seda con un alfiler, para que luego éstas engalanaran la fachada de la Virgen de los Faroles, debajo del ovalo cerámico “Si quieres que tu dolor, se convierta en alegría,…”, en la Verbena de Agosto. En la que Luque “Zapatones” y el padre de Manolo Soriano, el campanero, pusieran la luz al halo del San Rafael de la Torre.

La pequeña casita de Manolo el músico, propietario de unas barquillas de las verbenas y ferias de los barrios, bonachón y artista, de educación exquisita, creo recordar que tocaba el clarinete. La siguiente de unos labradores, hoy Burger, o bocadillería americana, del que no recuerdo su apellido -lástima no poder llamar a Loles para preguntárselo-, pero sí que su esposa le prestó a mi madre el vestido de primera comunión de su niña, para que mi hermana pudiera tener un vestido de esa índole, ya que la economía no permitía en mi casa demasiadas veleidades.

Si nos vamos en dirección a la Judería, lo que hoy es la entrada del Caballo Rojo, fue una casa de vecinos enorme, cuyos habitantes dan para una guía telefónica, Moreno el Sastre; Rosi de Calzados Mallorca; “Pelajopos” gitano de casta; Eugenio; Carmela que fue novia de Manolo el Bizco; Gregorio Martínez, policía Armada, procedente de Almería, con cuya hija estoy en muchas fotografías de niño, y muchos más. Esa casa tenía una palmera con una fuente de agua del Cabildo, la más fresca de los alrededores.

Luego la casa de los padres de mi madrina María Rosa, esposa de Juanín el Sacristán Mayor de la Catedral, D. Paco -militar, por el que yo me llamo así- y su mujer Casimira, propietarios de la huerta La Calzada, en las cercanías de la de “la Gitana”. Luego la nuestra y la de la familia Aparicio, propietarios de la finca “La Palomera”, y de ahí en adelante la Judería. La casa de los Frías; la de Manola Ariza prolífica donde las hubiera; la familia y hermanos de mi querida y admirada Isabelita por muchas razones, con unos conocimientos de medicina fuera de lo normal, sin titulación alguna, una valiente "que ayudó" a muchas mujeres sin recursos para viajar a Inglaterra, sin nada a cambio, por poner un ejemplo: en cierta ocasión tuve una hemorragia nasal, no se me cortaba con ninguno de los remedios caseros: que si una llave por el cuello, que si vinagre, que si pon la cabeza para atrás, que si..., la llamamos y ella ni corta ni perezosa, compró una ampolla de Zimema K y me la inyectó, intravenosa y hemorragia solucionada; Isabel, la Chata, Pepito su hermano, chófer de Aucorsa, y Rafalin, que estuvo de camarero en Casa Guerrero de Jesús María  etc. y luego la del Sargento Segura.

Pero he aquí que hoy, todas las casas son establecimientos comerciales, destinados al turismo, “ese gran invento”.



La casa de "la Loba" hoy el hotel.

Mi amigo Pepe me reveló que frecuentó la hermosa casa de la calle Torrijos, propiedad de Antonio Moreno Ardanuy, familia de ganaderos de Palma del Río -en cuyo corralón cercano al ayuntamiento del pueblo, fue asesinado en la guerra civil medio Palma proletario y republicano-, casa a la que llamábamos “de la Loba”, por un hermoso ejemplar que tenían de perra de esa raza, de fiereza cero, pues cuando entrabas al portal de hermosa escalera y patio, donde predominaba el mármol, se acercaba el animal al cancel del zaguán, e incluso era capaz de darte un lametón en la mano, evidentemente a aquel que hubiera sido capaz de acercársela, por mucha fama de mansa que tuviera, porque la presencia de la loba generaba respeto.

A la señora de la casa, la llamaba mi amigo Pepe su madrina. La madre de éste, colaboraba en las tareas de la casa y por ello le permitían a él entrar en ella y corretearla, e incluso acceder al Ford o Dodge, negro inmenso, como de gánster de película americana, que se encerraba en la cochera de Medina y Corella, y que seguro gracias a la pericia del chófer podría salir de allí en dirección a la calle Torrijos. Pepito, el heredero de la casa, coqueteó con la niña de los Aparicio, la hermana de Manolín, ya fallecida que se casó con un piloto, que conducía el primer Dodge Dart que se vio en el barrio, muerto en accidente aéreo. Hoy, esa casa unida a la de Doña Paca -se ve en el balcón con su hija, en la foto del pleno eclesial-, y María, madre de Juani y José Mari, que se mudaron a Sevilla a la calle Castellar. Juani se cayó de cabeza desde las columnas del Arco del Triunfo al empedrado y todo quedó en un susto con abundante sangre desde luego.

En los bajos de esa casa estaba la Farmacia de la Catedral, del Licenciado Herrero y trabajaba el mancebo “Manolón” -no hace falta explicar el porqué de lo del aumentativo-, donde curaban a mi hermana cuando se quemó en nuestro balcón jugando con cerillas. Sus lamentos durante las curas, inundaban todo el barrio. Y a la de Juana “la Jeringera” -la que decían los nenes que tenía las tripas pegadas del calor del perol de los jeringos, y sus hijos Paco y Pepe -este último celebró su boda en la azotea de la Sociedad de Plateros de María Auxiliadora-, esquina a la Judería. Todas esas casas conforman el hotel Maimónides.

Entrada actual a la casa del Callejón.

Pepe continuó hablándome de su casa de la calle Antonio del Castillo. De como jugaba en el Patio de los Naranjos de la Mezquita de niño, en el que seguro habríamos coincidido más de una vez sin saberlo. Jugar de niño, pero es que en eso nos habíamos convertido en un momento los dos, en los niños de aquel tiempo, recordando lugares, nombres y acontecimientos, unos con más acierto y otros con menos, porque en estas cuestiones de la memoria, las historias o los recuerdos se graban unos en Cinemascope y otros en blanco y negro, desenfocados o nítidos, en función de cómo estuviera el soporte de celuloide o el pulso del cameraman. Otro tirón -diplomático- acabó con la conversación que podía durar aún.

Fotos del autor, y una del Diario Córdoba.

martes, 14 de diciembre de 2010

UN HAPPY 2011 DE GOVAL.

Anverso de la obra

Cuando llegas a tu casa abres el buzón y, entre una serie de correos de índole comercial, que vas rompiendo poco a poco sin leer, notas como te tiembla el pulso cuando ves uno que pone Ministerio de Economía y Hacienda, que no abres de momento porque prefieres primero terminar con los demás. De ese Ministerio no te puede llegar nada bueno. Ves también un sobre rosa con tu nombre y apellidos en etiqueta, y miras el remite y descubres la identidad del remitente, Goval-Maread, por un instante se te olvida lo de Hacienda y lo abres, y como siempre te sorprendes, eres el 214 de una serie de 220, que recibes una obra de arte, llamada Puntos, consistente en una ficha de dominó, que pudiera haber sido el cinco doble, según la suma de los puntos, que es el uno tres en ese momento, según los que le quedan, y que cuatro puntos más caen, y dos de ellos ya forman parte de dos flores estilizadas en el conjunto de la metáfora. Te sientes verdaderamente afortunado.

Reverso de la obra.

Un artístico cartón coarrugado, como se puede ver en la foto, pasa a formar parte de tu colección apreciada. Con un texto profundo al dorso, en inglés que dice:

“Now when "traditional economic Games" fall and are destroyed because of speculation and selfishness, all that is left to position the dots again and so spark a transformation, is the imagination, where alternatives to a more balanced, sensible, fair and unites life flourish.

Happy 2011”

Ahora cuando los “tradicionales juegos económicos” caen y se destruyen, debido a la especulación y el egoísmo, solo nos queda que la imaginación sea capaz de colocar los PUNTOS para su transformación, de donde florezcan alternativas de vida más equilibradas y sensatas, justas y solidarias.

Feliz 2011.

Firmado por una rubita Susana que aún no controla bien el instrumento de la firma, Begoña, Mairéad y Goval. Cierra el texto la frase:

Un año más… Saludos.

Te sientes afortunado, de verdad. Muy poca gente te desea felicidad -cuando cada vez estamos más faltos de ella-, con una obra de arte, y de esa poca gente uno es José Antonio Gómez Valera, GOVAL.

Muchas gracias José Antonio.

PD:
¡Ah! lo de Hacienda, una subida del catastral de un local, donde Conchí tiene su estudio de pintura -es la que pinta en nuestra casa- y almacenamos los "burracos" de la casa, bicicletas, libros, etc. -cada vez más-. En los alrededores del bloque, los vecinos del mismo, han adecentado un terreno baldío, para aparcamiento suyo -para los locales no hay sitio pues hay más vecinos que plazas- pero Hacienda nos ha subido el catastral a todos, así de fácil y de simple, incluso si no tienes aparcamiento.

Y ahora, los Blog donde puede verse la obra de Goval y familia.


Calle Imágenes


Imágenes escenografía


Goval-go


Imágenes Goval


Goval artefactos


Goval plumillas


Imágenes y realidad


Y el Blog de Mairead, su esposa, una irlandesa bastante cordobesa.


Fotos de los distintos Blog´s de GOVAL. Pulsando en ellas vamos a los Blog.

domingo, 12 de diciembre de 2010

SPUTNIK I (1957)


Desde que en octubre de 1957, escuchamos las señales del Sputnik I, en las frecuencias de 13,9 mts. equivalentes a 20.007 Mhz. en el receptor de onda corta de mí tío Pepe, mi afición por las comunicaciones y el espacio fue en aumento. Antes había aprendido el código Morse con un manipulador rudimentario que generaba el sonido del punto y raya al hacer contacto. En el papel no tenía problema con el código, pero el sonido sin embargo se me resistía un poco. En ese año de 1957 entramos oficialmente en la era espacial. Los logros de la Unión Soviética, del comunismo, le daban bastante dentera al Régimen, en el que el sólo mencionar el nombre de ese país esperanzador para la clase obrera, era motivo de problemas –luego el tiempo nos ha demostrado que la panacea no existe, el ser humano se encarga de destruir hasta la ilusión de la gente, y de atesorar todo lo que puede. Ahora el neoliberalismo criminal acaba de darle la puntilla a la esperanza-. El pasaporte en una de sus hojas lo decía: “excepto a Rusia y sus países satélites”, es decir, se podía viajar a todo el mundo menos a Rusia y a sus satélites. Esto de satélites era una cosa difícil de entender por la gente ¿Qué era un satélite? Se sabía por el colegio que la Luna era un satélite de la Tierra ¿Pero que era un satélite de Rusia?


Lo cierto es que el comunismo, los científicos rusos, habían puesto un ingenio que daba vueltas a la Tierra y dejaba oír su voz desde allí arriba. Puede que las instancias de la Iglesia temieran por sus dogmas, si se subía arriba y se veía que allí, en el cielo, sólo estaba eso que se llamaba el éter, podían tambalearse muchas cuestiones. Por lo menos eso decían los mayores, yo con diez años me quedaba solamente con la hazaña. Por mis lecturas ya había seguido la aventura de Miguel Ardan, Barbicane y Nicholl, que partió del inmenso "Columbad" en su viaje “De la Tierra a la Luna”. Y  lo que era ficción de Julio Verne, mi escritor favorito, se estaba haciendo realidad. El ingenio espacial pesaba unos 80 kgrs. y giraba en una órbita elíptica, a unos novecientos kilómetros de la Tierra en su apogeo y a unos doscientos en su perigeo. Y así estuvo hasta el cuatro de enero de 1958, fecha en la que se derritió a la entrada en la atmósfera. El sonido del Sputnik I era una evidencia, aunque no llegó al mes la vida de sus transmisores.

Sputnik I. Su nombre significaba en ruso “compañero de viaje”, es decir satélite, que era lo que mi madre me decía que estaba hecho yo, cuando trataba de explicarle los logros científicos del comunismo ruso, lo que hacían los del “rabo y los cuernos”: 

-¡Tú sí que estás hecho un satélite! Y que no se te vaya a ocurrir contar nada de esto en el taller. 

Era el titulillo de autodefensa de siempre, sobre todo lo que viniera del este. Pero era como el “E pur si muove” de Galileo. ¡Se movía leche, se movía! El mundo de los cincuenta no eran solamente los misioneros de larga barba; los lutos; el velo; el hablar siempre bajito no sin antes mirar atrás o al lado; el ponerte de rodillas en la calle, al oír la campanilla de pasar la “Majestad”; el “ora pro nobis” de los jueves en el colegio; el escuchar la radio de onda corta con el oído pegado al altavoz; el cornetín de atención a las dos y media de la tarde, del "parte"; era también la ciencia, el progreso, el avance científico, la luz en suma en un mundo oscuro, de bastantes tinieblas. 

Imitación en el Planetario de Madrid

Y majestuoso en el “cielo”, estaba un artilugio, una bola brillante de aluminio con antenas, de poco más de medio metro de diámetro, llena de nitrógeno a presión, en el ánimo detectar meteoritos, construida por el hombre, por los rusos que, giraba, pitaba y daba morcilla a mucha gente. Con lo último ya era para darse por satisfecho. Una sensación similar la sentí cuando vi por primera vez, los anillos de Saturno con el telescopio de Rafael Castillo, o cuando ya en los ochenta vimos también, un Halley decepcionante sin cola, que ya se iba, en la azotea de Castillo, él Juan Vázquez y yo. Pepe Carnago, mi suegro, es la persona que conozco que lo había visto dos veces. Una casualidad porque el Halley no se puede ver nada más que una vez en la vida, teóricamente, ya que pasa cada setenta y cinco años.


Cincuenta y tres años hace que los pitidos del Sputnik I, del “compañero de viaje”, del “satélite” abrieron las puertas del espacio, que hicieron realidad las obras de Julio Verne, cuestión que me engolosinó aún más con lo científico -evidentemente en detrimento de lo físico, por aquello de que teta y sopas…-, que llenaba ampliamente mí imaginación, con lo tangible. Los Diego Valor, Flash Gordon y otros, no estaban ya tan lejanos ni eran tan exagerados. Los tebeos de Supermán de Editorial Novaro de Méjico -comprados a la señora del kiosco del jardín de San Bartolomé, como de contrabando-, también se acercaban a la realidad. Las sillas volantes de los wiganes –habitantes verdes del planeta Venus-, controladas con las ondas cerebrales, la belleza de Beatriz Fontana, la novia de Diego Valor, y tantas otras cosas eran ya posibles.

Fotos: Wikipedia, Planetario de Madrid y Quemandorecuerdos.com
Sonidos de wikimedia y fonotecaderadio.com

domingo, 5 de diciembre de 2010

PINOS PUENTE (GRANADA)

Una vista del barrio de la Virgen. En un primer plano el puente califal.

El viaje era largo, lo hicimos en tren, primero hasta Bobadilla, allí trasbordo en otro tren y hasta Granada, no sin antes pasar por estaciones como Riofrío, Loja, dónde los vendedores cantaban sus productos, búcaros y roscos. El olor de la carbonilla entraba de vez en cuando por las ventanillas. El paisaje hermoso, junto con el olor y el del intercambio de comida para el almuerzo, que también aromatizaba el cuadro. Todo generaba distintas sensaciones que se grababan en la memoria para siempre. Luego pasar cerca de Pinos Puente, ya en la vega del Genil, con unas enormes choperas sembradas casi juntas, y como no había parada en el pueblo, debíamos llegar hasta Granada, para luego hacer el camino de vuelta en el romántico tranvía, que nos volvería  a Pinos Puente. El recorrido a la vera de Sierra Elvira, majestuosa y seca, las canteras, los Baños, y el polvorín que era muy llamativo, para después de pasar el puente de hierro hasta llegar a la estación. Salías de Córdoba por la mañana y llegabas a Pinos por la tarde noche.

Vista aérea de 1956, a la izquierda se ve el complejo de la Fábrica Virgen del Rosario de Carbonell.

Puente del tranvía

Estación del tranvía de Pinos Puente

De la estación a la tahona había poco recorrido. La calle donde estaba la tahona era una calle terriza, rectilínea en la que al fondo se veía majestuosa la montaña del Piorno, un antiguo volcán como decía mi padre, que tenía en su cima una grietas dónde tiraban cuando pequeños,  aros de hierro o piedras y no se oía llegar al fondo, dando una imagen sonora de gran profundidad. Mi primo Antoñito, de mí “chacho Antonio” –el diminutivo “ito” era una cosa a la que había que irse acostumbrando, y el “chacho” significaba tío- tenía un dibujo con la calle y el Piorno de Sierra Elvira al fondo. Antoñito fue legionario, y luego marchó a Francia a trabajar, y en la vuelta fue asesinado en el ferrocarril. Nadie pudo ir a su entierro, el gobierno del General Franco le impidió a su padre ir al entierro de su hijo. Éste había sido republicano, y lo fue hasta su muerte desde luego, pero se lo impidió el susodicho treinta años después de la finalización de la guerra.

Puerta de Pinos Puente, arco en el puente califal.

"Facebook" de antaño en Pinos Puente, lavaderos.

Media luna en el río en Pinos Puente

El pueblo significó para un niño algo nuevo. Vivimos con el abuelo Antonio Muñoz Peña, en una vivienda pequeña, sólo una puerta y una ventana a la calle, y un par de habitaciones, una la del abuelo y la otra la nuestra. El abuelo llevaba viudo 32 años, la abuela Encarnación murió en 1932, con 44 años, de pulmonía, el tenía en el 54 por tanto, 68 años.
Los abuelos. Antonio Muñoz Peña y Encarnación Martín Ruiz

Al lado había una vivienda similar que la habitaban un sombrerero y su mujer. Era un entretenimiento verlo construir de la nada, salir de un pedazo de fieltro un sombrero. Luego estaban las cabras, todas las mañanas el ordeño delante de la casa, y la leche aún con el calor corporal del animal, en una medida de lata de leche condensada habilitada para ese fin. Y la tahona, con el olor especial que tenía la masa y el pan recién salido del horno. Una noche me quise quedar viendo todo el trabajo y acabe en una tabla rendido a la nada, con las manos llenas de pequeñas porciones de masa pegada.

Una vista del puente desde el río Cubillas.

Era nuevo también que el retrete era el huerto, con el cuidado que debías tener con las gallinas que, ansiosas, no te dejaban terminar. Algunos niños tenían una raja en los pantalones que le permitían hacer “de cuerpo” sin quitárselos, y como no llevaban ropa interior solo les bastaba agacharse, los de la ciudad tenían que bajarse los pantalones, que estaban sujetos a la camisa con cuatro botones y además los calzoncillos, luego encontrar un papel o un canto rodado para la “higiene íntima”.  Después la dificultad estaba en los dos botones de atrás, que inevitablemente debía ayudarte alguien, o volvías sujeto solo por delante.

Grabado de 1668 de Baldi, cuando acompañó a Cosme III de Medicis por España.

Era un mundo nuevo, de olores, de gente, espectacular, de sensaciones naturales. La mañanas de invierno frías, muy frías, te permitían disfrutar de las finas columnas de humo de las chimeneas de las casas, recortadas en su horizonte en el barrio de la Virgen, con la mole de Sierra Elvira detrás. Y al fondo Sierra Nevada siempre presente, llamativa, blanca, inmensa, cercana pero lejana a la vez. Contrastaba con la aridez de Sierra Elvira. Y la vega del Genil, un inmenso bosque de chopos. De vez en cuando, a través de él, veías la columna de humo de vapor del ferrocarril que pasaba cerca. O las chimeneas de la fábrica de Harinas de Carbonell, Ntra Sra. del Rosario, al otro lado de las huertas, una vez pasada la acequia de aguas cristalinas que venían del Cubillas, de una de las medias lunas para regarlas.

Calle donde estaba la tahona de Antonio Muñoz Martín, al fondo el Piorno

Mari Estrella y yo, en la puerta de la tahona

Pinos está entre dos ríos, el Cubillas y el Velillos, el primero más importante, el segundo viene de la zona de Moclin y Olivares. El Cubillas lo frena un pantano al que me llevó mi padre en bicicleta, rodeando la Sierra Elvira y pasando por Caparacena. Fue un gran impacto ver la presa desde abajo, cuando estaban construyéndola, y sufrir el miedo de unas casas que había para los trabajadores debajo exactamente de la presa, ¿Y si esto se rompe? -me preguntaba- ¿dónde irían las casas, y las personas? Corría el año 1954 o 55, en el 56 se inauguró. El río Cubillas venía y viene de Iznalloz, bueno de un poco más allá. Luego estuvo el terremoto del 56, en abril, Albolote, Atarfe, Maracena –este último es el equivalente a nuestros  Montemayor y Fernán-Núñez, en cuanto a burradas y chistes-, fueron bastante dañadas, Sierra Elvira dejó caer algunos considerables pedruscos.

Media luna de Pinos.

Mi madre a la izquierda enlutada por mi abuelo, mi tía Iluminada, mi prima Mari Estrella y yo 1951

Luego estaban mis primas Mari Estrella -de mi tío Antonio-, y Mari Carmen y Gracia de mi tía Gracia y  Rafael, su marido, al que mi padre le tenía un afecto especial. Fue de los que construyeron la torre de la Iglesia de la Consolación. Y la persona más especial, mi primo Antoñito de mi tía Gracia, como demostró a lo largo de su vida. Era mayor que yo cinco años, yo tenía siete en el 54 y el doce, era conmigo la persona más cariñosa y atenta, según mis recuerdos. Trabajaba de acomodador, o algo parecido, en el cine del pueblo. En esa fecha estaban proyectando Ana, de Silvana Mangano, mayores con reparos, extremadamente peligrosa, decía la censura eclesiástica, la película era del 51. Mi primo me metió por una trampilla que salía al patio de butacas debajo del escenario, y allí vi bailar a Silvana Mangano el bayón de Ana, bueno vi la película. 

“Ya viene el negro zumbón, / bailando alegre el bayón, / repica la churumba y llama la mujer. / Tengo ganas de bailar el nuevo compás, / y si todos cuando me ven pasar, / ¡Chica dónde vas! / Me voy pa bailar, / ¡El bayón!”

Una guapísima Silvana Mangano, escultural, con una pegadiza canción, que cantaba todo el mundo tanto o más que Campanera.

Media luna del Velillos o Búcor

Antoñito fue el más cumplidor de toda la familia. Normalmente las familias van, a medida que se agrandan, desvirtuándose los vínculos hasta que desaparecen del todo, pero él los mantenía como si de una ley especial se tratara, no le importaba hacer muchos kilómetros, incluso de Pinos a Barcelona, para asistir al fallecimiento de un familiar. No falló a ninguno, pero he aquí lo cruel de la vida, le tocó a él en el 2000 y no nos enteramos apenas nadie, por lo que yo no pude asistir al suyo. Aquello me tuvo un tiempo mal, y tampoco lo esperábamos, tenía 58 años. De una forma testimonial, hace un par de años fui exclusivamente a ver su tumba en el cementerio nuevo de Pinos, frente a la cual le pedí disculpas por no haber podido estar en su momento. Era para mí una cuenta pendiente con él.

Iglesia de la Consolación.

En el pueblo, en noviembre del año 54, presencié una matanza de cerdos, fue un espectáculo inolvidable, los chillidos del animal -que supongo no sabría lo que iban a hacerle-, la sangre, el olor al quemarle la piel después, la fabricación artesanal de los embutidos, la cebolla y las lágrimas forzadas al cortarla, la alegría que suponía en todos el hecho en sí. La vejiga del animal inflada como un globo, para jugar. Era en suma una fiesta, en la que todo el mundo participaba. Estuve varios meses en el colegio, D. Esteban se llamaba el maestro. Vaya tela con D. Esteban, para él la letra entraba con sangre, de las teorías pedagógicas de Giner de los Ríos nada de nada. No tenía regla para la mano, era una pata de una mesa con la que castigaba, y el rollo del ajo, para el que lo inventó.

Casa regionalista en la calle Real.

Luego la nieve, el frío, el río Velillos helado, incluso se podía pasar por encima. Las famosas medias lunas del río, heladas también. Hace dos años he vuelto a ver las medias lunas de mi infancia, con mi hermana Loli, y Antonio y Sonia -yerno e hija de mi prima Gracia-, en la ida relámpago, referida a la visita a la tumba de mi primo Antoñito. Y en esas fechas del 1954, también la primera visita a la Alhambra. Las conducciones  de agua eran columnas de hielo. Y aquél: “Dale limosna mujer, / que no hay en la vida nada, / como la pena de ser, / ciego en Granada”, que dice el verso de Francisco Alarcón de Icaza, colocado en la muralla de la Alcazaba, que la une con las Torres Bermejas. En mi memoria estaba camino de la Torre de la Vela.  O el Paseo de los Tristes, Santa Ana, calle de Elvira –dónde habitan las manolas-, Reyes Católicos, Gran Vía, etc. El paseo de las Angustias con su tranvía, el cine Madrigal que vibraba al paso de la máquina por su puerta.

Casa de los Abrante

Pinos Puente es un bonito pueblo, de un pasado cercano importante, en un enclave fértil de la vega del Genil. Entonces había muchos secaderos de tabaco, por eso al cielo raso le llamaban “entabacao”. Se podía ver a las mujeres lavando en el Cubillas delante del puente califal, de entrada a la calle Real, una de las más largas de los pueblos granadinos. La convivencia con el pueblo gitano -siempre numeroso en Pinos-, era muy normal, ahora la fama que tiene es distinta. Las acequias eran un elemento natural en el campo, para el riego de las huertas. Cierto día para acortar camino a una huerta, tuve que saltar una verja, una vieja cancela de entrada a una de ellas, y la torpeza del niño de capital, y unos ladridos de perros, hizo que cuando saltaba las lanzas que culminaba la reja, me escurriera y me quedara pinchado por el saquito de borra, y gracias a que me caí para atrás no me atravesó el cuello. Años después me recordó el incidente la trágica muerte de un hijo de la actriz austriaca Romy Schneider, pero este chiquillo lamentablemente murió.

Un tranvía por Reyes Católicos.

Nostalgia, tiempos pasados que no volverán, recuerdos, muchos recuerdos, algunos difusos, lo cierto es que mi corto paso por Pinos Puente dejó una pequeña huella en un niño de seis años que no se olvida. Es la vida en un pueblo que se diferenciaba enormemente de la de la capital. Es el rescoldo que queda después de que arda la hoguera de la vida transcurrida, que se queda en la memoria bien grabado. Aunque en el tintero se quedan otros muchos recuerdos.

Una curiosidad, una especie de moneda de valor por un kilo de pan que se empleaba en su momento en la tahona.

Media Luna del Sombrerico    


Adenda Noviembre 2017

Hoy por esas razones lógicas de la vida, faltan mi primo Antoñito de mi tíos Antonio e Iluminada, desgraciadamente fallecido en Francia,  cómo se señala en el texto; Antoñito de mi tía Gracia, muy joven; y ayer 10 de noviembre de este 2017, mi prima Mari Estrella. Los mayores, nuestros padres, los de la generación anterior ya no están ninguno, ahora sólo quedamos el segundo escalón generacional. Creo que otro primo de mi tía María, de los que acogió Cataluña, evidentemente a cambio de la plusvalía de su trabajo, también falta. Después mi primo Emilio de mi tía Mercedes. Luego en 2019 mi prima Encarnita de mis tíos Antonio e Iluminada, ya mayor, por los ochenta, y este año también mi primo Bartolo de mi tía María ha sido el último, Con todo y con eso, afortunadamente, aún quedamos a la fecha de octubre de 2019 catorce primos hermanos aún. Dos de mi tía Gracia, uno de mi tío Antonio, dos de mi tía María, tres de mi tía Pilar, una de mi tía Encarna, tres de mi tía Mercedes y dos de Pepe, mi hermana y yo. Seis en Cataluña y ocho entre Córdoba (seis) y Pinos Puente (dos).

Fotografías: Serafin, Zafara, Web Ayto. Pinos de José Muñoz y del autor.