Como he apuntado corría, entonces lentamente, 1964, y ahora hace la friolera de 62 años. Podemos imaginarnos con 62 años menos y nuestros familiares presentes, todavía con arrestos para irse a buscar trabajo fuera de tu tierra. Aquel viaje estuvo lleno de anécdotas, hay que reconocer que había una gran diferencia de nuestra Córdoba casi pueblerina y una gran ciudad como era Barcelona. Era la primera vez que visitábamos una gran ciudad. Cogimos a las once de la noche el “catalán” en la estación de Córdoba, que se había configurado con dos composiciones, el “sevillano” y el “malagueño”, para poner rumbo a Alcázar de San Juan, y después desde allí, buscar la ruta de Levante, para continuar a Cataluña. En Almansa estuvimos parados varias horas, por un incendio en un vagón que obligó a la reubicación del personal. Ese retraso acumulado llevó a que se aterrizó en Barcelona a la siguiente noche cerca de la una de la madrugada. Más de veinticuatro horas de viaje, hacía que los niveles de carbonilla estuvieran subidos en el paladar. Menos mal que el mar de naranjos en ese momento en flor, neutralizaban todos los problemas del olfato.
Valencia era una estación en la que composición entraba de cara y salía de culo, era una estación término. Pues mi padre, fiel a quemarnos la sangre siempre, se bajó en la estación a dar un paseo y arrancó el tren, como es lógico sin esperarlo. Mi madre me preguntó: -Y tu padre? -No lo he visto -le dije- Voy a ver si lo encuentro. Recorrí todo el tren y al llegar al último vagón, por el cristal de la puerta lo vi en la plataforma. Se había subido in extremis. Menos mal. Aunque según mi madre el problema, de haberse quedado en Valencia, lo tendría él, pues los dineros del viaje los llevaba ella en su bolso. Berlanguiano todo. Mi padre tranquilo, sin problemas. En la región valenciana los nombres de los pueblos eran la mayoría de reminiscencias árabes. Cuando cruzamos el Ebro por Amposta, me pareció el río más grande y caudaloso que había visto, ya estaba próximo a su delta, pero me impresionó.
Veintiséis o veintisiete horas de vieje tocaban a su fin, estación de Francia en Barcelona. Muchas maletas de madera con cantoneras metálicas, sujetas con guitas de esparto. Familias enteras que seguro iban a lo mismo. Recopilamos el equipaje, que incluía damajuana de vino de Cruz Conde, y nos subimos en un taxi en la parada. Después de darle el destino, el taxista le preguntó a mi padre: Qué, a buscar trabajo? -No, -le contestó mi padre- es que el niño está enfermo del pulmón, y lo traemos a un especialista. A ver si tenemos suerte
Él pretendía, crear algo de solidaridad entre pobres, y que nos diera las mínimas vueltas por la ciudad. Era un mundo de pícaros por ambos lados. El destino era San Baudilio de Llobregat, un poco más al sur desde donde estábamos. Todo el camino fue mi padre contándole al taxista las penas de “mi enfermedad”, y los beneficios que suponíamos nos iba a traer el viaje. Yo miraba a mi madre y ella me hacía gestos de que me callara y dejara hacer a mi padre. Arribamos de madrugada a San Baudilio de Llobregat y no se portó mal el taxista con el importe del viaje. Mis tíos Antonio e Inmaculada estaban esperándonos y preocupados por la tardanza. Nos acomodaron, a mí con mi primo Pepito y a mi hermana con mí prima Mari Estrella. Lo que daba el piso. A mí me llamaba mucho la atención mí tío Antonio, por lo señalado anteriormente, no lo había visto desde hacía diez años, yo tenía seis cuando fuimos a Pinos Puente una temporada, también a trabajar mi padre. Pretendían levantar la tahona del abuelo Antonio.
Una paradoja, mi tío Antonio y familia, vivían en una calle dedicada al militar fascista de Córdoba en la Guerra civil, el General Varela. Es curioso cuando menos, cada vez que le escribía mi padre tenía que poner el nombre de un fascista en la carta. Al día siguiente, cuando nos despertamos, mi padre y mi tío Antonio habían ido a una compañía de seguros un problema médico, en el centro de Barcelona. Yo decidí ir a buscarlos. Cogí el ferrocarril de vía estrecha, en la estación de San Baudilio, y me bajé en la Plaza de España. Allí transbordé al metro, me bajé en la parada más cercana y cuando salían de la compañía de seguros, me di de cara con ellos. Se extrañaron de verme allí solo, un chaval provinciano que era la primera vez que se movía por una gran ciudad. Había mapas en las calles desde luego. Nada de Google o cualquier otra aplicación, entonces. Y los teléfonos móviles eran ciencia ficción.
Otro día fuimos a ver a la familia de Serrano -un compañero de trabajo de mi padre que habían emigrado a Cataluña-. Vivian en San Andrés del Besos. Ferrocarriles Catalanes desde San Baudilio, a Plaza de España, metro hasta Urquinaona, y autobús hasta San Andrés del Besos. Aquello era como nuestro Barrio Naranjo o Zumbacón, por las mismas fechas, calles de casitas fabricadas como podían, de tierra, corriendo las aguas sucias por medio, en arroyos formados por las mismas aguas. Familias de andaluces y extremeños normalmente, adaptándose, desorientadas aún, malviviendo y levantando Cataluña. Les quedaba mucho para encontrar la normalidad. Nos recibieron a mi padre y a mí, con mucha alegría, era como recibir algo de Córdoba. Hicimos el viaje de vuelta, por el mismo recorrido.
Cuando volvimos mi familia, nos tenía preparado el viaje a la ciudad, al puerto de Barcelona, habían previsto un paseo en las Golondrinas del puerto (barcos de pasajeros hasta la bocana del puerto y volver) y ver algunos monumentos. El que mi madre se subiera a un barco, aún dentro de la tranquilidad de las aguas del puerto, era un grajo blanco, pero lo hizo. Hicimos el recorrido, que hoy está servido por pequeños y modernos catamaranes, y después estábamos a los pies de la estatua de Colón, una enorme columna de bronce de unos cincuenta y tantos metros, con un ascensor interior y arriba una plataforma acristalada que permitía un aforo de unas diez personas. La vista, cuando encontrabas un cristal en condiciones, era de 360º sobre el puerto y barrios adyacentes, la Montaña de Montjuic, y un elemento que destacaba, las torres del funicular del puerto, con las barquillas en movimiento. Creo recordar que tres personas y el ascensorista, era cuanto cogía en ese ascensor, subían tres y bajaban tres. La idea era mantener el personal adecuado arriba, porque no cogían más. Lo mismo que pasó en el barco tampoco comprendía que mi madre subiera a ese monumento. Voy demasiado corriendo con la narración que da para pararse en pequeñas anécdotas de todo, porque todo era nuevo.
Vuelta a San Baudilio porque al día siguiente era día de playa en Casteldefels. Esta ciudad costera hay que imaginarla con 62 ó 63 años menos. Recuerdo muchos campings en la carretera, la Ballena Alegre, era el nombre de uno de ellos. Una playa de arena fina y poco turismo aún. Allí se nos presentó a la hora de la vuelta, el “niño” del Jefe de Estación de San Baudilio -que le estaba tirando los tejos a mi prima Marí Estrella-, con el que volvió a San Boi en la Harley (moto) con mi prima de paquete. Nosotros en el bus que nos trajo a la playa. Gavá y Viladecans, la desembocadura del Llobregat, con el aeropuerto internacional del Prats entonces, a la derecha según íbamos para San Baudilio. Por la tarde, el niño del Jefe de Estación, como la copla de la Piquer, nos dio una sesión de pase de diapositivas, pues era aficionado a la fotografía. Tenía fotografías del metro de Paris que estaba prohibido hacerlas en él. En una de ellas a mi prima le pareció haber visto a una persona que parecía a su hermano Antoñito, asesinado y arrojado al tren para robarle, en Lyon, Francia hacia muy poco tiempo entonces. Tenía mi primo Antoñito 26 años. Aquello fue revivir el drama. En su momento, cuando le comunicaron a mi tío del consulado su fallecimiento, pidió permiso para ir a enterrar a su hijo, pero como tenía antecedentes de haber estado en la cárcel en la Guerra Civil se lo denegaron. Había sido un preso político. Ni eso permitía el régimen asesino.
Al día siguiente amanecí con fiebre y algo de dolor de garganta, fuimos al médico, y me diagnosticó el galeno, sinusitis, el viaje en tren y la ventanilla habían hecho de las suyas. Sinus Liade un preparado farmacéutico que dio un resultado óptimo. Ya recuperado algo fuimos a visitar a la tía María, hermana de mi padre, una mujer luchadora que había dejado la recogida de la aceituna en el pueblo, y de quitar mierdas, a una familia muy del régimen, con un apellido de alta tradición fascista. Mi tía emigró con su marido, el tío Manolo Alba, de apodo “Salmenúa” en el pueblo, zapatero de profesión, y sus cuatro hijos, 3 hijos e hija (actualmente sólo queda la prima María Carmen), fiel reflejo de su madre. Mis primos entonces vivían todos, entonces eran: Bartolomé (1945-2019), Antonio (1946-2003) y Manolo (1949-2021). En aquel entonces mi tío Manolo estaba accidentado. En la fábrica le había pasado una vagoneta por encima del pie -se le había olvidado quitarlo del recorrido de la rueda-.
Lo que trato de decir es que, hasta que se vieron en un piso, o cuando menos en una vivienda normal, en un sitio normal, pasaron años de penas, viviendo como vivían, cosa que a mí no me entraba en la cabeza. Esa fue la inmigración interior, la misma que la que ahora vemos del exterior, por eso cuando se utiliza un lenguaje que criminaliza a los emigrantes sólo hace falta saber cómo fueron nuestros emigrantes, dentro incluso de nuestro país, imaginemos eso mismo, pero en un país extranjero. Para llegar a esa infravivienda de mi tía María, que estaba adosada a la pared del cementerio de San Baudilio de Llobregat, y compartida con otras familias, había que pasar por un gran manicomio que se inauguró en 1854. Ahora se llama Parque Sanitario de San Juan de Dios. Todo era muy tétrico sin duda. Pero así vivía mi familia emigrante en Cataluña, y nada más que pensar que mi padre encontrara trabajo, y tener que compartir esa forma de vivir de momento era un drama. Amenazaba lluvia, pero teníamos previsto ir a Montjuic a ver la fuente monumental, a cada uno nos dieron un paraguas, pero como no llovió sobraron todos. Ferrocarriles Catalanes hasta la Plaza de España y andando a Montjuic a buscar de un sitio adecuado para ver el espectáculo. Muy hermoso, pero imposible que una persona llevase todos los paraguas.
Mi primo Bartolo que era dos años mayor que yo, me sirvió la siguiente mañana de cicerone. Ya había dado la nota en una visita a casa de mi tío Antonio, con personas de la fábrica de mi prima Mari Estrella, diciendo que se metía en los servicios a arreglar utensilios personales. La persona citada le recriminó hacer eso en horario de trabajo, y a alguno nos dió un poco de vergüenza ajena la conversación. Pero había que echarle un cable a Bartolo y cuando menos que se callara pronto para no empeorar. En el recorrido que hicimos por Barcelona dio muestras también de su imprudencia. Al comprar una revista extranjera, que el kiosquero le dijo que lo era y el respondió que sólo miraría las fotografías. Una inclinación de la cabeza por mi parte al kiosquero, fue la petición de comprensión para mi primo. Luego fuimos a una bodeguilla, donde sólo vendían gaseosas y vino a granel, y pidió un tipo de coctel que la persona que atendía el establecimiento ni siquiera conocía. Otra petición de disculpa por mi parte, cambiándome a una cerveza.
En San Baudilio abrían el cine dos días a la semana, viernes y sábados. La gente madrugaba mucho para el trabajo y no había clientela los días laborables. La película que proyectaban era mala y a mi se me ocurrió decir que era un “pego”, por lo que tuve que explicar la odisea de Monsieur Pegaux en Córdoba, al intentar volar un globo aerostático, que no subió a pesar de varios intentos y se quedó en un fracaso o fallo. Le pasó lo mismo que el Pegó, una nimiedad una tontería. Y de eso quedó la palabreja. Por parte de mi tío Antonio y mi tía Iluminada tenía tres primos, pues Antoñito había sido asesinado como he dicho en Francia. Este era el preferido de mi padre. Había sido legionario en su servicio militar y luego emigró a Francia a trabajar. Mi prima María Estrella también emigró después a Bélgica. Todavía conservo una postal que me envió del Atomiun de Bruselas. La mayor de los primos era Encarnita, que había nacido con un problema mental. Al final murió con más de ochenta años en una residencia. Los últimos años la atendía su hermano Pepito, que era el único que le quedaba.
Mari Estrella murió en 2017. Días antes me llamó por teléfono para despedirse de mí, pues sabía que de un día a otro iba a fallecer. Pudimos vernos en Alcanar el último verano, pero ella no quiso. Yo estaba en Peñíscola. Quedó anulada también, la visita que iba a hacer a Córdoba para vernos. Lo de Antoñito ya lo he comentado. Así que por esa rama de mi tío Antonio sólo queda Pepito. Por parte de mi tía María y Manolo Alba, sólo Mari Carmen. Que es igual que su madre de lista, pero trasladada al siglo XXI. No he mencionado a los hijos de mi tía Pilar y el tío Pepico Ruiz; Antonio, José y Pilar, porque estos emigraron a Barcelona algunos años después. Les fue muy bien profesionalmente.
En cierta ocasión conseguimos reunirnos una porción de esta familia extensa, en Pinos Puente (Granada) en casa de la prima Gracia, un verano, nosotros íbamos para Motril. Pero solo los de mi tía Gracia de Pinos Puente, los de mi tía Pilar, menos su hija, y ninguno de mi tía María. Si, por el contrario, estuvieron juntos los hermanos que quedaban vivos Mi padre Pepe, y sus hermanas Gracia, María y Pilar, faltando su hermana Encarna, hermano Antonio, hermana Carmela y Mercedes, ya fallecidos. Eran ocho hermanos (ya no vive ninguno) y tuvieron 21 hijos, de los que sobreviven 13. Esta reseña familiar no tiene nada que ver con el viaje a Barcelona. No sé si mi padre sopesó como había que vivir allí los primeros años. Afortunadamente no le interesaron las condiciones laborales del trabajo y volvimos a nuestra tierra.
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