Como estamos con el problema inmigratorio de Ceuta con el que, en mi opinión, el sátrapa, nieto del criminal Mohamed V y con sus amigos genocidas, tratan de desestabilizar el gobierno de España, me viene a la memoria el libro de los Casos Raros (que me regaló Paco Baena, librero que lo recuperó), en el que se cita la aparición del conde D. Julián (también llamado Olbán) a un lagarero cordobés, el Vivas del siglo VIII, gobernador de Ceuta y que según la historia ayudó a los árabes a vencer a D. Rodrigo, con el que según la tradición tenía cuestiones familiares por abusos del rey a una hija. La leyenda relata la traición de Don Julián que facilitó la invasión árabe del 711. Que en realidad, no había que traicionarlos mucho, pues fue una guerra interna de una sociedad decadente como era la visigoda, y de la que se aprovecharon los árabes, y aprovechando el paso del Pisuerga por Valladolid, pues eso…
Conde D. Julián
La sinopsis es así: El caballero aparecido se presenta al lagarero Baltasar de Ahumada, que iba a su lagar de la sierra y le pregunta si Córdoba aún conserva los fértiles huertos, naranjales, rosales y jardines de antaño, además de referirle lo que está pasando en el infierno. El lagarero le responde que la zona esta decadente debido a los “servicios y pechos” y que sólo están boyantes las fincas de los nobles e iglesia, la aristocracia y los curas, para no perder la costumbre.
D. Rodrigo arengando las tropas batalla de Guadalete
"El Caso Raro Nº 27
En la ciudad de Córdoba había un lagarero honrado, y trayendo en su lagar, que estaba en la sierra, gente, pidió a las guardas de la Puerta del Rincón que le abriesen la puerta, porque tenía mucho que hacer en su lagar. Por ser muy conocido y amigo de todos, lo hicieron. Iba con su caballo y lanza, y llegando a la puerta del Convento de la Merced, que está en el campo, buen trecho de los muros, le habló un hombre que estaba a caballo, y le dijo: -Hidalgo, lléguese acá, y hablaremos un poco, que es muy temprano y no han dado las doce, y yo también tengo que negociar, y, en dándolas, luego nos iremos.
Pág. 97 del libro
Espantado el lagarero que fuese tan trempano (sic), se allegó donde estaba el caballero, y comenzaron a tratar de la sierra de Córdoba y de su fertilidad. Preguntándole si había todavía jardines y naranjales, y si había todavía las acequias de agua clara que, en sus tiempos, porque a gusto de hombres discretos, no había semejante fertilidad en el mundo. A esto le respondió el lagarero: -Señor, parte de eso ha quedado, pero va todo de caída, porque las alcabalas son tantas, que los esquilmos no llegan, y así, se va perdiendo todo, sino son las heredades de mayorazgo y canónigos, que tienen renta, no hay otra cosa lucida ni bien tratada, los demás todos se van perdiendo.
Pág. 98 del libro
-La ciudad. -preguntó el caballero-, debe ser lo mismo. -Es así, -dijo el lagarero; nada va en aumento, antes en los pocos años que tengo, echo de ver que se caen edificios que honraban esta ciudad, y, como he dicho, aún son tantos los gastos y la carestía de las cosas, que harto se hace en vivir. A esto dió el caballero un gran suspiro, y dijo: - ¡Que florida vide yo esta ciudad, y qué de gente principal vivía en ella! ¡Qué de fiestas, qué de toros!, ¡qué de ejercicios de armas, que de conformidad de chicos y grandes!... Y era tanta la grandeza de esta ciudad, que, en dando la oración, se encendía lumbre desde el Potro hasta los puentes de Alcolea, y se comunicaba toda la gente, y se iban paseando de una parte a otra.
Lagar medieval encontrado en Montilla
A esto respondió el lagarero: -Vale Dios, señor ¿Tan viejo sois? -Sí soy -respondió; porque soy aquel desventurado don Julián, por quien se perdió España y, estoy padeciendo tormentos increíbles en el infierno. Y diciendo esto, dio un estampido terrible y desapareció, dejando malísimo hedor; tanto que el pobre hombre, del espanto y del hedor, pensó expirar. En esto dio el reloj las doce, y el pobre lagarero se volvió a su casa, y dentro de pocos días que esto pasó, murió, habiendo contado delante de muchas personas, y a mí me lo contó un sobrino suyo, que se lo oyó decir, y estuvo a la cabecera a la hora de la muerte y se llamaba Baltasar de Ahumada.”
Fotografías de Internet
Bibliografía del Libro de Casos Raros


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