"Afortunadamente, parece que no fue así y los buenos archivos de los frailes conservaron perfectamente el secreto. También esa misiva explica la relación de Ambrosio de Morales con el extinto actualmente Convento de los Mártires y de la causa por la que pidió ser enterrado a su muerte en él. Pasaron muchos años y aún seguíamos obsesionados con nuestra pesquisa. Pero hete aquí, que de nuevo el azar nos puso ante nuestras narices el tema de la reliquia perdida de Don Ambrosio. Resulta que hace cosa de un año, mi amigo M coincidió casualmente en una improvisada tertulia, como siempre etílica, en la taberna de la Sociedad de Plateros del barrio, con una impagable fuente de información que ha disipado por fin el misterio del destino de las partes pudendas amojamadas del polígrafo humanista cordobés. Como un paso más en su acreditada carrera de consumado bocazas y subido de grados de fino platino, M contó a los presentes la historia del cofrecillo y de su preciado contenido, algo que habíamos convenido mantener inmerso en adecuado estado de discreción, hasta que no consiguiéramos resultados más sólidos para darle publicidad.
Tras las risas provocadas por su descacharrante narración, uno de los presentes, a quien M solo conocía de vista, se acercó a él disimuladamente y le soltó en la oreja una perlita. Él sabía que había sido de la reliquia. Como me contó el propio M, el corazón le comenzó a palpitar frenéticamente y sus manos agarraron por los hombros al confidente casi zarandeándolo en imperiosa solicitud de que le escupiera lo antes posible lo que tuviera que contarle. Este lo frenó con la palma de la mano comunicándole que en ese momento no podía porque ya era muy tarde, tenía que volver a casa y se trataba de una historia un tanto larga cuyo relato se demoraría demasiado. Quedaron al día siguiente por la mañana en la plaza lateral de la iglesia de San Francisco, con cabezas despejadas y tiempo para contar y escuchar. Mi tía no vivía en la casa del cura sino en otra cercana, la de mi madre, su hermana y en la que yo vivo. Algunas noches después de la cena las dos hermanas pasaban algún tiempo hablando de sus cosas y yo aprovechaba para quedarme escuchándolas en la mesa de la cocina antes de subir a acostarme a mi cuarto. Mi madre bromeaba a menudo con su hermana incitándola a que se asomara por fin al contenido de cierto cofrecito que tenía el cura en la encimera de la cómoda de su cuarto. Según le había dicho algunas veces el cura, en ella guardaba una curiosa reliquia que decía corresponder a los cojones momificados de un santo de nombre San Ambrosio al que el párroco decía tener mucha devoción y sobre el que también bromeaba cuando algún colega cura se quedaba a cenar en casa.
Mi tía, una señora de una acrisolada pudibundez cocida en el propio jugo de su empedernida soltería, pasaba las fatigas de la muerte, según le contaba mi madre, cada vez que escuchaba el cura hablar de la tal reliquia y más aún cada vez que tenía que quitarle el polvo al cofrecillo que lo guardaba cuando le hacía el cuarto. A pesar de los requerimientos rijosos del cura para mostrársela, ella jamás lo consintió, así que nunca supo el aspecto que presentaban los cojones momificados de un santo. Por tanto, bendito que mi madre se moría por conocer pero que mi tía le impedía sistemáticamente, negándole el acceso a la casa parroquial. Pues bien, un buen día, el cura le pide a mi tía que prepare una de sus especialidades culinarias, callos con orejones. Había hablado de los ricos que los preparaba mi tía a unos colegas curas de la curia y estos se lo habían trasladado al Obispo, gran aficionado a los platos de casquería, que inmediatamente se hizo invitar a probarlo. El secreto de ese plato era una herencia que había pasado de madres a hijas de mi familia durante varias generaciones. El punto del mismo, que mi madre sigue preparando en las grandes ocasiones, lo proporciona antes de que se pusieran de modo los agridulces o los dulces “salaos” de la cocina china o los inventos no menos chinos de la cocina neoandalusí. Bueno, pues ese punto se lo proporciona el contraste entre el sabor fuertemente especiado de la salsa de los callos y el dulzor de los orejones y de los higos secos con los que se aderezan. Buenísimo.
Según contó la misma noche del suceso de su hermana, mi madre, y yo escuché casualmente escondidas, sentado en la escalera, hay que decirlo. A media mañana del gran día el cura se despidió para dirigirse a sus menesteres rectorales, no sin antes recomendarle que se esmerara como nunca en la elaboración de esos callos que habría de catar el señor Obispo. Mi tía, cicateada por la responsabilidad, se metió directamente en la cocina y comenzó el largo proceso de preparación del guiso, poniendo en él cinco sentidos. Había comprado todo lo necesario el día anterior en la Corredera, las frutas en su carnecería habitual y los frutos secos en la casa Genaro de toda la vida y en la Plaza de la Almagra. Colocó todos los ingredientes en el pollo de la cocina y se dispuso a picar la cebolla, los ajos y el tomate. El gato del cura se restregaba gatuosamente contra las piernas de mi tía, mendigando algún pitraquillo de los que ella solía darle antes de que acabaran en la olla. De manera que en uno de los movimientos que tuvo que hacer se enredó entre sus tobillos y casi da con ella en el suelo. Con un zape y un pisotón consiguió asustarlo lo suficiente como para que el minino saliera disparado hacia el dormitorio del cura. Mi tía confesó a mi madre que inmediatamente después escuchó el sonido de algo que caía al suelo, pero con las manos, piernas de cebolla y tal, decidió esperar a sacársela para ir a ver qué estropicio había provocado al gato en su vertiginosa huida y que luego enfangada en la faena se lo olvidó.
Así que una vez que había metido toda la casquería en la olla y tras dirigir su momento a la despensa a por el laurel se encontró a su vuelta al gato jugueteando en el suelo con uno de los higos secos que había dejado encima del pollo. Otra vez, zape y otro zapatazo en el suelo para conseguir asustar al gato, recobró el producto del robo lo recogió del suelo lo colocó debajo del grifo y lo puso tras secarlo cuidadosamente con los demás. Pues bien, el guiso resultó estupendo y arrancó entusiasmadas alabanzas del señor Obispo y de los señores Deanes que obligaron a mi tía a salir a saludar y al señor párroco a declamar la suerte que la divina providencia le había procurado dotándolo de una tan excelente cocinera, mientras ofrecía a mi tía el anillo para que se lo besara y bendecía su humilde cabeza. El señor Obispo alabó la trabazón de la salsa y expresó su admirada sorpresa por el choque de textura y sabor entre la dulce carnosidad de los frutos de secado y la especiada firmeza de las tripas pero sobre todo y colocó los ojos en blanco en dirección al techo que lo separaba del cielo había disfrutado como de una auténtica gracia de Dios la inclusión en el guiso de ciertas piezas de cartílago oreja de cerdo tal vez a las que era particularmente adicto desde siempre cuya resistencia al tenedor al cuchillo y a sus propios dientes le habían hecho elevarse hasta tocar y aquí Monseñor se permitió una licencia solo achacable a la mística experiencia gastronómica que acababa de sacudir los cojones del santo. Fue tras la sobremesa y cuando andaban con los cigarros y el café cuando el señor Obispo recordó a nuestro párroco su promesa de mostrarle la reliquia que como era fama entre la clerecía local tan misteriosamente guardaba en su alcoba. El señor cura se levantó todo orondo en ese su redondo día y se dirigió a su alcoba para salir al punto portando el vacío cofrecito de la reliquia en la mano abierto y sin su sagrado contenido asegurando que así lo había encontrado en el suelo y demandando a gritos a mi tía la causa de tal estropicio.
Ella que según le confesó a mi madre descubrió en ese preciso momento lo que había ocurrido un par de horas antes en la cocina con el gato y la naturaleza de las referencias a sus preciados cartílagos El señor Obispo tuvo la suficiente sangre fría para a pesar de sentir que una oleada de asco le levantaba el estómago, poner cara de alelada iba al bucear que no tenía ni idea ni la menor idea pero que el gato había estado jugando toda la mañana por toda la casa con un extraño objeto que ella tomó por un trozo de corteza de algunos de los árboles del patio y que desde hacía mucho rato había dejado de verlo. Ahí según conto mi tía a su hermana, mi madre quedó todo más acá de que el señor Obispo mostrar a su profunda decepción por no haber podido contemplar la apreciada reliquia y por causa de su pretensión que pensaba proponer en esa sobremesa a nuestro párroco de que la tal reliquia se pudiera exhibir en el museo catedralicio. El párroco por su parte pasó infructuosamente varias semanas de incansable búsqueda por los veinte arriates del patio, los cinco canales de desagüe del mismo y cualquier rincón de la casa en que el gato pudiera habido esconder el fruto de su rapiña.
Aunque no puede decirse que, ocurriera un buen provecho para nadie, es así como de esa manera tan descacharrante, se quedó Córdoba sin una reliquia que, hubiera podido atraer a miles de curiosos de todo el mundo, tanto aficionados a la historia y a la arqueología, que hubieran venido a adorar los atributos de quien fue el padre moderno de estas disciplinas, como morbosos consumidores de bizarras curiosidades que, en este desconcertante mundo habitual, cada vez son más numerosos. Podría haberse exhibido en el Museo Catedralicio, como sugirió el Sr. Obispo; en la Real Academia; en el Casino; en el Real Círculo de la Amistad, o en caso de haber sido finalmente adquirida por el Estado, en la Biblioteca Provincial nueva, o en el Arqueológico. Desde luego su conveniente publicitación hubiera sin duda hecho subir poderosamente las pernoctaciones en esta ciudad, que tanto las necesita. Si alguien duda de ello, solo tiene que estudiar el espectacular aumento de las mismas que experimentó la ciudad de San Petersburgo, cuando, su Museo del Erotismo, adquirió como primera pieza en un verdadero alarde económico, la que dicen que fue la portentosa herramienta de seducción de Grigori Yefímovich Rasputín conservada en formol."
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