jueves, 14 de mayo de 2026

LA RELIQUIA DE AMBROSIO DE MORALES (I)

Nuestro insigne historiador

He tratado de recordar un trabajo del inolvidable Manuel Harazem, de una serie de ellos que publicó en Paradigma Radio, y teatralizo con su amigo Alex, hasta que la enfermedad hizo de las suyas. Al ir a la página de la web de Paradigma, donde estaban los trabajos en audio, descubro que no hay ninguno. Puesto al habla con los compañeros mantenedores de la web y la emisora de radio me comentan que de ellos es la primera extrañeza. Debemos considerar la posibilidad de una manipulación extraña de esos trabajos cómico literarios históricos. En estos tiempos cosas hay más lejos, el facherio es fanático pero domina la tecnología, no se entendería el caladero de votos entre la juventud, que cuando madure se dará cuenta a que monstruo está dando de comer en este tiempo. 
Como siempre hay un archivo extra guardado fuera, se me facilitan los trabajos, y paso el sonido al texto, que es agotador incluso utilizando métodos informáticos hay que repasar y oír al mismo tiempo. Pero bueno ya está. El trabajo es el referido a la reliquia testicular de Ambrosio de Morales, tachado por su padre de loco, y la verdad es que muy bien no estaría. Luego repaso lo publicado en dos veces, por la longitud del trabajo, en el Blog de Manolo “Supersticiones”, en el que hay porciones de textos, similares a los teatralizados, por eso publico también los enlaces al blog para aquel que quiera ampliar lo escrito. Hay que precisar que, tanto los textos y los audios del trabajo de Manuel “Harazem” Figueroa, tienen la ironía y el fino humor que se reconocía a su autor. En ninguno hay “animus injuriandi”, y sí “animus jocandi”. Lo explicito por si a los “advocatus christianī” les da por considerar lo primero y se molestan, y nos molestan.

Nuestro insigne autor

LA RELIQUIA DE AMBROSIO DE MORALES

"Comienza Semblanzas Cordobestias.  Mirando la historia de Córdoba desde el lado interesante.
  
En el episodio de hoy, la reliquia. 
Hoy día, al afortunado visitante que tiene la oportunidad de visitar el Monasterio de los Jerónimos de Córdoba, se le suele mostrar un viejo arcón de afilado borde en la parte de la tapa y se le asegura que fue el arma utilizada por el joven Ambrosio para realizarse la delicada operación, o sea, que los colocó en el borde y cerró de golpe. No hay seguridad, de la heroicidad de esa atroz información, porque ningún documento antiguo lo recoge, pero bien pudiera ser exacta. Lo único y cierto, y de lo que queda constancia escrita, es que el joven Ambrosio de Morales, profesando hábito de monje Jerónimo en el Monasterio de Valparaíso de la Sierra de Córdoba, en un día indeterminado de 1534 ó 1535 y de sus 21 años, no pudiendo dominar las tentaciones de la carne, al menos las de unas concretas partes, encontrándose solo en su celda, se las rebanó el mismo de raíz.  De resultas, se quedó el resto de su vida tan raso como la palma de la mano, como dejara escrito gráficamente el padre Flórez en el prólogo de su viaje.
En su juventud, ese apéndice que todos los machos de la especie tenemos entre las piernas, se comporta como un verdadero diablo ingobernable, pidiendo guerra prácticamente todo el día y en las circunstancias más imprevistas. Sosiegame pecando, no para de exigir sin desmayo una de un joven monje que, arrebatado de misticismo, que él no sabe erótico, ha ofrendado su vida a Dios, estrangulando su impetuosa sexualidad como vía de perfección espiritual. Cuando las sacudidas de ese animal, que, como una serpiente loca atrapada en un saco, se lanza una y otra vez contra la áspera estameña de su hábito, amenaza su capacidad de superar la tentación de atraparla y satisfacer su hambre de pecado. En cuanto a las consecuencias de su emasculación juvenil, nada sabemos de cómo lo llevó a lo largo de su vida y si consiguió con ello matar definitivamente al bicho de su deseo, aunque tal vez nos proporcione una pista, ese grabado que acompaña a la edición del padre Florez del viaje, ese punto de coquetería de posar de medio lado con retorcimiento corporal y con mirada...golosa. Y ese punto de picardía de colocarse las gafas sobre las orejas, a modo de zarcillo.  

San Jerónimo de Señán

En un tiempo en que andábamos mi amigo M y yo, hurgando en los archivos parroquiales, conocimos a Don Rafael Lupiañez Soriano, erudito local, autodidacta y empleado municipal jubilado, que recorría las parroquias cordobesas, rebuscando en los archivos parroquiales datos curiosos de la historia de la ciudad. Don Rafael nos hizo partícipes de sus confidencias y de algunos de sus descubrimientos, tal vez porque por entonces era ya muy mayor e intuía que no le quedaba mucha vida por delante, como así ocurrió, pues nos enteramos de su muerte sólo dos años después. Pero también, por la indisimulada alegría que le producía el ver a unos chicos tan jóvenes compartiendo con él tan ratonescas aficiones. Tras su muerte, intentamos infructuosamente ponernos en contacto con su familia para acceder a sus papeles, pero una vecina nos informó de que sólo tenía un familiar directo, una sobrina de la que sólo sabía que vivía en una ciudad del norte, no recordaba si Burgos o Soria, y que había puesto todos sus libros y documentos en manos de un chamarillero, chamarillero que por supuesto ella tampoco conocía, así que la posibilidad de contrastar documentalmente los descubrimientos de que nos hizo confidencia Don Rafael, se desvaneció.
Pero recordamos perfectamente algunos de ellos y sobre todo el que concierne al contenido de este relato, el paradero de algunas partes corporales del cronista de Felipe II, Ambrosio de Morales. Un frío día de invierno, después de haber conseguido desembarazarnos con una falsa urgencia de una de las interminables falsas batallitas de campo de concentración que Don Martín, el párroco vasco cryptonazí que se hacía pasar entonces por rojo, nos indilgaba,  acabamos en la taberna de Santa Marina Don Rafael y los dos pollos investigadores,  compartiendo medios de montilla y tertulia bajo la espectral mirada de la máscara mortuoria de Manolete. Con voz muy baja y un tono de secretismo extremo, nos hizo partícipes de un invencible afán que lo corroía, cifrado en la esperanza de un hallazgo al que dedicaba una incansable búsqueda desde hacía 40 años.

Fachada de San Jerónimo

No solo visitaba las parroquias históricas cordobesas tras los secretos durmientes de los archivos, sino que tenía in mente el hallazgo de un santo grial que se había guardado celosamente en algunas de ellas. Todo empezó, nos dijo, un día en que se encontró por casualidad entre un lote de viejos libros que había adquirido en la ya desaparecida librería anticuaria de la calle Diario de Córdoba, un manuscrito del siglo XIX en el que se narraba la operación de exhumación de los restos de Ambrosio de Morales en 1844 y su traslado desde el ruinoso convento de los Santos Mártires en el que había reposado desde su muerte en 1591 hasta la colegiata de San Hipólito donde se le había proporcionado una nueva ubicación ante el temor cierto de derrumbamiento del viejo edificio ribereño. En el manuscrito se relataba pormenorizadamente todo el proceso y todas las personas involucradas, frailes, curas, políticos, judicatura y Comisión de Monumentos.
De esta última formaba parte en calidad de vocal secretario, el eminente erudito don Francisco de Borja Pavón, de cuyo puño y letra había deducido Don Rafael claramente estar escrito el texto encontrado, aunque careciera de firma alguna. En él, el farmacéutico y polígrafo cordobés especialista en necrológicas, relataba cómo al abrir el catafalco donde se encontraban los restos del ilustre Morales, se halló entre ellos un cofrecillo de madera dotado de unos herrumbrosos goznes de hierro en bastante buen estado de conservación. Tras sacar con sumo cuidado uno a uno, los ilustres huesos y antes de ser introducidos en un ataúd de plomo que habría de sellarse posteriormente, se procedió a abrir el cofrecillo en el que se halló un folio manuscrito enrollado y atado con una cinta que se deshizo al tocarla sobre un extraño objeto muy arrugado de color parduzco y textura apergaminada.

No hay garantías que fuese el baúl guillotina

Tras la lectura del texto, se supo que aquel objeto correspondía a las virilidades completas de Morales que en su juventud se había rebanado de cuajo. El texto estaba firmado por el padre Jerónimo de Andújar, prior del Convento de los Jerónimos de Valparaíso, donde había ocurrido muchos años antes aquel desgraciado suceso y fechado el mismo día del sepelio. Narraba el fraile como, siendo él mismo de los mismos años y vecino de celda de Morales, había acudido a los gritos que aquel diera tras cometer su locura, justo un rato después de que él mismo pasara para gozar de su compañía en ella y como rescató de entre la sangre y la parafernalia sanadora que montaron los demás frailes para tapar la hemorragia y salvarle la vida con grande amor y veneración y con los ojos arrasados en lágrimas aquella desgajada parte causante de las tentaciones de su joven vecino.
Como las lavó cuidadosamente, las enterró en varios puñados de sal y las mantuvo en custodia durante toda su vida bajo las tablas de las celdas que fue ocupando hasta la actual, correspondiente al prior.  Y como enterado de la muerte de su antiguo hermano de hábito y estrecho amigo y entonces ya sabio reconocido por toda España, bajó a la ciudad y solicitó permiso al obispo para introducir la parte que faltaba a su cuerpo sin vida en su lugar de descanso eterno, para que nada le faltara cuando compareciera ante el Señor, lo que le fue concedido.  Borja Pavón desgranaba la discusión que se desató ante el descubrimiento entre civiles y eclesiásticos, estos últimos contrarios a considerar parte de los restos el contenido del cofrecillo y partidarios de que quedara excluido del nuevo féretro, frente al conjunto de los laicos que consideraban de justicia su inclusión.

Real Colegiata de San Hipólito

Según don Rafael, Pavón no daba cuenta de los diversos argumentos, pero sí de que al final ganaron los tonsurados y de que se decidió a enviar el cofrecillo a la frontera Iglesia Parroquial de San Nicolás de la Axerquía para que allí se guardase mientras se decidía su destino. Se detallaba también el acuerdo unánime de que tal hallazgo y su destino no constaran en el acta oficial que se levantó, dando cuenta del acto y que redactó y firmó el propio Francisco de Borja Pavón. Con esta noticia daba fin al manuscrito, y es ahí donde comenzaba la ardorosa búsqueda de la reliquia Don Rafael, partiendo del hecho de que unos años después la parroquia de San Nicolás de la Axerquía fue desalojada y todos sus enseres conducidos a la de San Francisco antes de que ocurriera su derrumbe. ¿Quedó en San Francisco o peregrinó por otras parroquias? ¿Sería secuestrada por algún particular y conservada en su casa como reliquia intelectual? Don Rafael no pudo conseguir, a pesar de sus denodados esfuerzos, encontrar su santo grial particular, pero ¿quién nos decía que cualquiera de nosotros cualquier día no podría dar con la apreciada reliquia del muy católico Ambrosio de Morales y que podría ser rescatada y venerada en la Real Academia de Ciencias, Bellas Artes y Nobles Letras de Córdoba, en la calle donde naciera y que aún lleva su nombre. 
Pero no fue ese el único descubrimiento que hizo el esforzado erudito cordobés, ya que, intrigado por la historia del polígrafo autocastrado, decidió investigar los archivos del Monasterio de San Jerónimo por si encontrara algún documento que hiciera referencia al tema. El Monasterio sufrió la desamortización de 1835, sus escasos frailes trasladados, y el edificio quedó en manos del EstadoPrácticamente todos los tesoros artísticos que albergaba fueron vendidos a particulares, pero los archivos y libros, como los de los demás conventos desamortizados de la provincia, fueron alojados en la biblioteca creada ex profeso para ella, núcleo de la actual Provincial. Fue en esa vieja sede de la Biblioteca Provincial donde, a mediados de los años 60, Don Rafael encontró apilados en varias cajas de madera y, en parte, comidos por la polilla y tintados y apelmazados por la humedad, una gran cantidad de documentación que perteneció al archivo del Convento de San Jerónimo de Valparaíso. Tras varios días de infructuosa búsqueda, encontró un paquete de cartas sin coser, aunque protegidas, según nos dijo Don Rafael, por unas tapas de cuero que debieron estar atadas solo con una cinta de la que quedaban restos en los agujeros, conservadas en relativo buen estado.

Patio de la Colegiata, al fondo el cenotafio

Tras examinarlos uno a uno se llevó la apasionante sorpresa de hallar una carta en la que el prior del Convento de los Mártires de Córdoba recomendaba al de San Jerónimo la acogida en calidad de novicio de Ambrosio de Morales. En aquella carta encontramos la causa por la que el que llegaría a ser historiador de cabecera de Felipe II y padre de la arqueología española acabó profesando en su juventud en el convento de la sierra cordobesa. Una mañana sobre el mármol de una mesa de la taberna frontera a la iglesia, Don Rafael se prestó a permitirnos hacer una copia manuscrita de la carta, mientras nos explicaba que seguía infructuosamente buscando la reliquia escrotofálica del gran polígrafo cordobés y hela aquí en su versión de tercera copia.
“Reverendísimo padre, con el mayor de los secretos y con el ruego sea dada posteriormente al fuego, para que complemente la discreción que es necesaria al caso y la que espero de vuestra reverencia. Le envío esta carta en la que le doy cuenta de los hechos que me han movido a poner en sus manos al portador de la misma, que no es otro que el joven Ambrosio de Morales, de noble cuna y limpia sangre, pero por todas cosas, sobrino de quien fuera nuestro amigo y camarada, el licenciado Fernán Pérez de la Oliva, a quien Dios tenga en su gloria, que lo acogió en Salamanca, y le propuso maestros que le enseñaron la filosofía, la lengua castellana y la moral cristiana.  Pues fue el caso que una noche de la anterior semana fui despertado con grande premura por el hermano portero de la congregación, que con mucho sigilo y secreto se allegó a mi celda a ello, y decirme a ver en la puerta un mozo despojado de sus ropas, que pedía refugio y decía conocerme.

Cenotafio

Bajé apriesa la escalera, y allí mismo encontré cabe el hueco, desnudo y lloroso al citado mozo Ambrosio de Morales, que me confesó quién era y quién era su tío, que le encomendó que en caso de perjuicio me buscara y me solicitase amparo y ayuda. Pedía al hermano que corriese a buscar con qué cubrir el cuerpo del desdichado mozo, y una vez cubierto, lo acompañé a una celda vacía del patio, donde me compuso la historia de su desgracia. Que encontrándose paseando a la orilla del río, refrescándose de las calores del verano, fue asaltado por una cuadra de mozos que le arrebataron las ropas, los cuales le hubieran dado muerte, como claramente dijeron que harían, si no hubiese estado presto a lanzarse al río y nadar hasta esconderse, al amparo de la noche entre los muros del molino cercano a las tenerías, que habiendo aguardado a que dejaran de buscarlo los mozos, y sabiendo que la puerta de la ciudad hallábase a esa hora cerrada, se decidió a solicitar mi amparo por la cercanía del convento al molino en que había hallado refugio. Como vuestra reverencia debe saber, en ese molino y en los aledaños pasadas las tenerías, y entre las espesuras y los altos taramajes de la ribera, suelen esconderse para estar a resguardo de la justicia y de los ojos vigilantes del Santo Oficio, los sodomitas, y bujarrones, y putos para sus nefandas prácticas.

Texto en el cenotafio

Muchos son los que vienen a abrevar sus vicios, incluso algunos de noble cuna, pero de bajos instintos, y mucha la mala ralea de quienes de sus debilidades se aprovechan. Así que se despertaron mis dudas sobre la certeza de lo contado por el mozo, y de que hubiera sido atacado por rufianes, paseando en busca de la frescura del río. Más bien creí que se trataba de uno de esos desgraciados que buscan saciar sus infames deseos por esos lugares. Así que, antes de clarear el alba, y de que escapar pudiera con los hábitos prestados, estaba solicitándole que se me diese en confesión. Palideció el mozo, pero finalmente consintió. En secreto de confesión que traslado a su reverencia, conseguí arrancarle la de su vicio y de la verdad de su encuentro con aquellos malhechores que quisieron matarlo. Y puso en mi conocimiento que su tío había tenido conocimiento de ese su deseo de pecado, y que logró refrenarlo y vigilarlo para salvarlo mientras pudiere de la justicia y del Santo Oficio, y de las penas del infierno. Y que, a su muerte, la pena y el dolor lo lanzaron a darse a la sodomía primero en Salamanca y luego en Córdoba, a donde se mudó huyendo de sí mismo y de su mal para caer en más tentaciones que el demonio procura proponerle, y que me rogaba y fuese con él como su tío había hecho antes y le pusiese freno con su autoridad. Asimismo, le ha parecido conveniente profesar con un nombre que acogiera su condición. Despreció humilde el de Córdoba por hallarse entre los más esclarecidos de España y escoge el que pudiese estimularle al mayor desprecio del mundo por el varonil aliento de Santa Paula.” 

La "herramienta" política de Rasputín

Ahí terminaba el trozo conservado de la carta en el que se demostraba que el prior de San Jerónimo no cumplió con lo que le pedía el de los Mártires de destruirla para evitar posibles incriminaciones inquisitoriales sobre la cabeza del joven pecador. Gracias a ello, nosotros tenemos más información sobre aquel asunto que el resto de los mortales de aquella época y sobre todo más que la peligrosa Inquisición, que, desde luego, habiendo tenido conocimiento de su contenido, hubiera dado en el potro y probablemente la hoguera con los huesos y las carnes del joven pecador." 


Sobre el mutilado y su tiempo
Fotografías de Internet web Supersticiones y Paradigma
Bibliografía de trabajo de Manuel Harazem de Paradigma Radio

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