Hoy me voy a referir a la actual Calle de la Hoguera, que antes se llamó de Quero, y antes otra vez de la Hoguera. Eran dos barreras o azucaques como las llama D. Teodomiro Ramírez de Arellano a las callejas sin salida, una por Deanes y otra por Céspedes. Las conocí separadas ambas por cada lado, aunque creo que desde alguna propiedad se podía salir por un lado y otro. Eran tiempos de escaseces, aunque afortunadamente en mi casa, bien por la administración austera de mí madre, y por el trabajo de mi padre no faltaba, por lo menos el pan en la alimentación. Bien es verdad que cuando estabas con anginas o resfriado, te compraban a lo mejor un plátano y cincuenta gramos de jamón, cuestión por la que se puede deducir que, de jamón entero nada de nada.
La plazuela que une las dos calles, creo recordar que era el patio de una de las casas que configuraban la unión de las tres propiedades implicadas, y pertenecía a una de la calle Conde y Luque, era de unos labradores, que después se mudaron a Romero. El hijo de ellos de mi edad, Paco también, que era amigo, me llevó varias veces a su casa y entonces pude comprobar lo que era estar bien. Tenía una sala, como ahora nuestros nietos o la tuvieron nuestros hijos, abarrotada de juguetes, y eso que yo no me puedo quejar por esa parte, pero claro la cantidad era enorme a mis ojos.
Primer arco desde Céspedes, ventanas
de la casa número 5 de Conde y Luque
Otra cosa que me llamó la atención fue la despensa, una habitación entera con chorizos y morcillas colgadas, y jamones –pluralizo porque era así-, incluso sacos de garbanzos y todo tipo de legumbres, y una inmensa cantidad de latas de conserva, incluido hasta un cubilete de sardinas arenques. No supe explicarle bien a mi madre, el descubrimiento, lo que había en esa despensa. Nosotros, el jamón de pobre, como se llamaba a las arenques se compraban por piezas dos o tres, a las que se hacía el ritual del papel de estraza y quicio de la puerta para aplastarlas.
En la entrada de Deanes, frente a la Casa del Inca Garcilaso de la Vega, hijo de hidalgo y princesa inca, la calleja tenía, que aún tiene y con un precioso patio, una casa donde vivía mi amigo el panadero. Mi madre decía con un misterio que su madre sufría de llagas, ese era un nombre disimulado para la lepra, a mi desde luego me parecía una exageración, pues pudieran –lo he pensado después de mayor- ser ulceraciones. La lepra era una enfermedad que aún se consideraba maldita, y nos contaban, posiblemente para asustarnos, que había personas con ella en el Hospital de Incurables de San Pedro de Alcántara, frente al de Agudos en la Plaza del Cardenal.
Entrando por Céspedes, la casa de lo que es hoy la Universidad Árabe, pertenecía a un platero, Gutiérrez Gan, se accedía a un patio primero y sabíamos que tenía piscina en otro interior. Yo la frecuenté mucho por estar desde muy joven, nueve años trabajando en la joyería e iba a ella a llevar y traer material para el taller. Tenía varios hijos pero el que estaba más relacionado con el taller era Manolín, ocho o diez años mayor pero que se permitían tener, por lo menos nos lo parecía, una ostentación destacable, ropas, coche, novia, etc. Al padre le decían de mote “Arroz con arroz”, que nunca supe porqué. La semana pasada en Benalmádena salió a relucir ese nombre, después de un almuerzo con mi amigo Paco León y esposa, en una tertulia con un vecino suyo que lo mencionó.
La novia del Manolín -no sé si acabaron casándose, creo que sí-, era una de las mujeres más atractivas del barrio, vivía en Martínez Rücker. Era hermana del Santi, un pinta con una maestría con el tirador fuera de lo normal.Cierto día le dio a una golondrina en vuelo, con la casualidad de que el animal, cuando cayó, se quedo pinchada en un pararrayos de la Mezquita, en la calle Cardenal Herrero frente a la de Céspedes. En la punta que decían tenía platino como metal noble que atraía las descargas eléctricas, Se conoce que los huesecillos de la golondrina o vencejo y la exposición al sol la secaron de tal manera que estuvo años allí clavados, como trofeo del susodicho tirador selecto.
Primer arco desde Céspedes y puerta de la Universidad árabe
Esta familia se mudó de allí y tuvo una relación con ella, no sé si familiar o profesional uno de los mejores ciclistas que dio esta tierra, Vicente Luque, que corrió en el Ferrys y Licor 43. Después le perdí la pista. La casa la adquirió la Universidad Árabe y yo ya no vivía allí. Posiblemente mi primo Paco tenga alguna noticia de ellos pues sería de la edad de los citados o algo más.La calle de la Hoguera, posiblemente por haber efectuado alguna en el ensanche de la placita que configuran los números 5, 7 y 9, se llamó también de los Quero, en ese tramo.
Pero ahora se llama en ese lado, en la plazuela, Pintor Miguel del Moral, exagerado rótulo que afea más que informa, por haber vivido en la casa de la esquina la número 9, desde 1962 hasta su muerte en 1998. Es decir tiene un nombre distinto, pero la numeración es la de la calle completa, empezando como lo hacen las buenas calles, por la parte más cercana a las casas Consistoriales, los pares a la derecha y los impares a la izquierda. Este azucaque o barrera solo tiene casas en el lado de los impares.
D. Teodomiro Ramírez de Arellano, dice de ella: “De los datos adquiridos colegimos que estas dos barreras fueron una sola calle llamada en lo antiguo de la Hoguera, sin que sepamos el motivo; después labraron una casa que las separó, aunque quedando de paso y viviéndola un sochantre de la Catedral de apellido Quero, nombre que le quedó a las dos callejas” Un sochantre, o director del coro en los oficios divinos.
Lo que sí es cierto es que es una de las calles más bonitas de esta ciudad, de más claro sabor musulmán, y no pudo estar en mejor sitio la "Mezquita de los Andaluces / Universidad Islámica Internacional Averroes de al-Andalus" cuyo rótulo está escrito en árabe y en castellano, ocupa la casa número 3 aquella que hablamos del platero Gutiérrez. En ella podemos imaginarnos, sin esfuerzo imaginativo alguno, en cualquier ciudad andalusí del norte de áfrica.
Desde la calle Céspedes (antes del Baño Bajo) se divisa el yamur de cinco bolas decrecientes, del tímido alminar de la Mezquita de los Andaluces, basada en un pequeño oratorio del siglo X. La qibla, curiosamente se orienta al sur, como la de la Mezquita Mayor. Ricardo Molina dijo de ella hace casi cinco décadas: “esta plazuela con sabor a viejo patio es uno de los lugares más íntimos y secretos de la ciudad”, y llevaba toda la razón, además es un remanso de paz sólo alterado por las campanas de la torre, y no sabemos si por la voz del almuecín.
La tecnología actual está instalada y se ven los altavoces, por lo que no es necesario un alto alminar para que la voz llegue a sus fieles, aunque ignoro si alguna vez sonó, o se lo prohibieron. Por otro lado el sonido de las campanas cristianas retumban brillantes, como se podrá escuchar en las primeras escenas del vídeo, y como por teléfono, el pintor del Moral, le retransmitía al poeta García Baena, su amigo, para que escuchase los sonidos de Córdoba en su exilio costero de Málaga.
Luego un arco que nos traslada al patio que parece particular, lo que hace a los extraños entrar en él con cautela. Ese patio lo conocí como, digo en el segundo párrafo de esta reseña callejera, netamente particular, y la bóveda de cañón preciosa, blanca, brillante, que da salida a la placita del pintor, no existía, por eso fue fácil la apertura. Sólo lo que parece un zaguán por la parte de la calle Céspedes, la bóveda de cañón citada y ya tenemos la apertura completa, ejecutada en los años cincuenta, del siglo XX.
Una columna que no la recuerdo de mi niñez, será de esos recuerdos borrados, u otro decorado turístico más, dice en un texto: “Soy de Luís de Góngora”, a la que se refería Ricardo Molina diciendo: “Lo más sugestivo de estas callejas es el misterio; por ellas me figuro a don Luis de Góngora cuando el barrio de la Catedral era puro silencio”. Una verdadera lástima el tributo a pagar para el turismo, por el escandaloso zoco en que se ha convertido todo el barrio, que no concuerda con la semblanza del Sr. Molina.
Calle de la Hoguera primero, de los Quero después, luego de la Hoguera, la plaza, del Pintor del Moral, es una de las callejas por las que es una delicia perderse, y si es en la primavera deleitarse además con el olor a azahar de sus dos naranjos, y si es acompañado de la persona que quieres mucho mejor. Por poner una nota quejosa, que no la tiene, se echa de menos el rumor de un pequeño surtidor que adultere melódicamente el silencio.
Patio de la casa del pintor Miguel del Moral
El Yamur
La voz del almuédano o almuecin
Plano catastral, las tres parcelas la 28, 29, 30 y 39
configuran la apertura, pero la 39 es la más importante
Fotografías y vídeos del autor.
Bibliografía del recuerdo.
Notas de Ramírez de Arellano y Ricardo Molina.
























